Dentro de una atmósfera surrealista, llena de luminosa oscuridad y tonos sepia, fueron cayendo uno a uno los dientes de mi boca. Lo que comenzó como un suceso gracioso y con destellos de nostalgia, se convirtió en una inquietante lluvia de molares, colmillos y demás granos de esmalte, cediendo ante el más suave de los movimientos de mi mandíbula, cual hojas que se lleva el otoño, depositándose en mi boca, mientras mi lengua los recorría curiosa desde la raíz hasta el agujero entre los relieves superiores que en otros tiempos desmenuzaron carne y quién sabe que más.
¿Reminiscencias de un futuro inevitable? ¿bofetadas metafóricas? ¿más dosis de ironía hacia mis incisivos? ¿simple travesura mental? Nunca supe por qué se me cayeron los dientes, pero la verdad es que no me importa mucho, hasta confieso que he disfrutado la sensación que produjeron en mi lengua cuando los contuve por unos momentos, jugando con ellos cómo lo hice con el primer diente lácteo caído a causa de aquel polvorón, hace ya algunos años.
No recuerdo bien que hice con mis dientes, tal vez me tragué algunos, después de todo era mi dentadura completa, contenida en mis fauces; creo que tomé unos con mi mano chueca y los examine con la mirada fija, casi hipnotizada. Torcidos, chistosos, un poco picados, amarillentos, quebrados, esos eran mis dientes. Dicen que hasta el pelo más endeble de nuestra nuca delata una parte de nuestro caracter, creo que exageran, pero los dientes... tal vez haya algo en ellos que no conozca, no lo se de cierto, pero igual los miro fijamente, sin saber realmente por qué...
Etiquetas: insomnio
Había una vez un presidente de la nación más poderosa del mundo, quien gustoso de acumular poder y más poder (siendo ya el hombre más poderoso del mundo), manipuló las acciones de sus agencias de inteligencia e investigación con tal de extender al máximo su momento de éxtasis gubernamental.
Dos periodistas de un diario citadino tumbaron su mandato, enviándolo a la caldera del ardor popular.
El film de Alan Paluka plasma los hechos con un pulso narrativo sin prisas pero sin pausas, desde las oficinas de redacción del Washington Post hasta lúgubres estacionamientos subterraneos de la capital estadounidense, mientras los reporteros Carl Bernstein (Dustin Hoffman) y Bob Woodward (Robert Redford) descubren una verdad más crucial de lo que ellos mismos se hubieran imaginado, en torno al allanamiento al edificio Watergate, sede del comité nacional demócrata, por un grupo de republicanos, verdad que repercutaría en última instancia en el rodar de la cabeza del entonces presidente reelecto Richard Nixon.
Las repercuciones de Watergate lo convierten en el mayor escándalo político en la historia de Estados Unidos y refrenda el papel del periodismo como artífice de cambio social y constructor de la realidad.
Tanto Bernstein como Woodward están obsesionados con la historia y en lugar de desistir frente a los múltiples obstáculos y peligros que supone investigar al gobierno, se obsesionan con el asunto, sin saber cual será el descenlace del mismo. Se trata sin duda de una muestra de espíritu periodístico que nos deja varias preguntar respecto al proceder de un reportero por cumplir su trabajo.
Trabajando juntos, Bernstein de colmillo largo y retorcido, apuesta por todos los medios disponibles por antiéticos y manipuladores que puedan ser, con tal de llegar a las respuestas, mientras que un relativamente nuevo en el negocio Wooward, se maneja decentemente y con límites bien establecidos respecto a la obtención de la verdad. Ambos representan dos polos de la investigación y si bien ambos llegan a los mismos resultados, se presenta el dilema sobre el fin como justificante de los medios. Es probable que sin utilizar métodos antiéticos, los reporteros del Washington Post no hubieran llegado hasta la figura del presidente y la historia no se hubiera escrito como lo está ahora, pero a nadie le importa eso en realidad... comparado con la magnitud del boicot hacia los demócratas por parte de Nixon, las formas de llegar a la verdad no significan nada, ¿justifica el fin los medios usados?
Cuando nos encontramos con asuntos delicados que podrían tener repercusiones inmensas e inusitadas ¿es deber del periodista publicarlos? me pregunto si en algún momento durante su investigación, Bob y Carl llegarón a preguntarse sobre las consecuencias de la causa por la cual lucharon hasta el final y si serían capaces de llevar ese peso. No sólo ellos ganaron sino todo un país que necesitaba saber lo que su gobierno maniobraba tras bambalinas, pero ¿que pasa cuando nuestra apuesta es fallida y tenemos que cargar con esa responsabilidad?
Lo que por muchos románticos no es más que amor por la profesión, para otros es una locura descabellada, el arriesgar la propia vida por la meta a alcanzar se convierte en un dilema cada vez más frecuente dentro del medio periodístico, especialmente cuando se investigan asuntos de corte político que seguramente incomodarán a personajes poderosos del exclusivo círculo de poder, personajes que juegan a ser Dios mientras mueven sus manos y dictan el futuro la vida de un periodista que ha llegado "demasiado lejos", ¿en que punto la perseverancia se transtorna hasta la obsesión? ¿acaso verlo desde otro punto de vista significa apatía y falta de convicción en nuestras creencias? ¿la verdad siempre tiene que salir a la luz? ¿son del todo positivas las repercuciones que pueda tener un reportaje delicado?, la línea divisoria se torna difusa e imperceptible y no existen respuestas concluyentes, y no las habrá hasta que nos lleguemos a encontrar en una encrucijada que nos exiga una decisión. Dos reporteros de un diario de Washington apostaron y cambiaron la historia.
Etiquetas: "Ideotas", cine, medios, ProdPeriodística
No me gusta el pensamiento de los profesores importados de FCA, no es que menosprecie o desaproveche su trabajo, el cual suele ser bueno, sin embargo son tan dispares sus razonamientos a los míos que no puedo dejar de notarlo.
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